10 abr. 2012

Momentos y recuerdos.

Una vez me preguntaste, sin razón aparente, si de tener la oportunidad cambiaría algo de aquel día, aquel momento, ahora tan lejano, en que nuestro lazo se cortó. Te respondí que no: las decisiones que tomé alguna vez me hicieron quien soy hoy, y no estoy dispuesto a perder lo construido desde entonces solo para ver otra realidad. Esos momentos se atesoran como recuerdos, únicos y valiosos cada uno a su modo.

Sin embargo... ya pasaron meses, y la herida no cicatrizó. En un rincón recóndito de mi cabeza, no puedo dejar de pensar en el abanico de opciones que tuve ese día, ese día en el que me decanté por lo seguro y lo conocido. Pensé que no terminaría tan fácil, tan abruptamente. ¿Cómo sería la vida si en vez de tener que elegir, pudiesemos probar y elegir lo que más nos convenga o guste?

No. Si la vida fuese así, los momentos no se destacarían. No aprenderíamos, no sufriríamos, no seríamos felices. Ambos coincidíamos siempre en eso, en la consecutividad de los días, días hechos de momentos que merecían ser explorados: toda clase de momentos, especiales por si mismos, ninguno digno de ser ignorado... y mira ahora, tan solo tenemos momentos, recuerdos para almacenar.

Pero eso no está bien. ¿O si?

Fuiste un momento, un peculiar momento pasajero, ni más ni menos. Siempre es y será un "o", nunca un "y". Y si la vida está hecha de momentos, hay que ser capaces de transformarlos en recuerdos. Dejar que los momentos fluyan, aunque sin olvidarnos nunca: siempre recordando que tuvimos un "y" cuando volvés al "o", eso hace que el "o" valga más de lo que valía antes.

Ahora lo entiendo bien, y es hora de dejar de recordar para poder vivir otro momento.

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