12 abr. 2012

¿Más todavía?

El timbre me saca del ensimismamiento en el que me vi sumergido por quién sabe cuánto tiempo. Esa es una de  las cosas malas de los sueños: uno nunca está seguro de cuanto tiempo transcurre entre acción y acción, cada segundo que dejamos pasar se vuelve todo más difuminado y frágil.
El timbre suena, entonces, con breves pausas pero insistente. Despego la vista de la computadora y escucho las risas no tan lejanas de mis hermanas en el comedor. Siempre la misma historia: que no voy a atender el teléfono porque me duele la garganta, que no voy a abrir la puerta porque estoy descalzo, que no voy a comprar a la esquina porque yo fui ayer y hoy te toca a vos, y que esto, y que lo otro, y que lo aquello. Enfurruñado, me levanto y en tres grandes, marcadas y fuertes zancadas llego al umbral que separa la cocina del comedor.
-¿¡No escuchan el timbre?! Puede abrir alguien, ¿no?
Las veo a las cuatro, a Sol, a Lara, a Flor y a Caro en el sillón. El timbre sigue sonando. Para mi sorpresa en la vida real y para mi no sorpresa dentro del sueño, mi mamá se encuentra entre ellas, pero no mi sobrina; claro, hace tres años ella todavía no estaba. No estaba... es increíble, pero uno se acostumbra tan rápido a la nuevas personas que al mirar en retrospectiva parece mentira que antes no formaran parte de nuestro día a día.
Las cinco se retuercen de la risa y se tapan la boca para que ni un sonidito se salga de ellas. Me hacen señas enloquecidas con las manos y me piden que me calle, y entonces caigo en la cuenta de que el recinto se encuentra en semi-penumbras, con las persianas y cortinas casi bajas, bloqueando los pocos rayos de sol que vienen de afuera. Y el timbre no deja de sonar.
No vuelvo a hablar, pero ignoro sus señas eufóricas. Me acerco a la puerta de entrada, luego a la mirilla, y... afuera lo veo, de pie, tan frágil y amable como siempre, pero esta vez visiblemente compungido, con el cejo levemente fruncido. Tiene el dedo sobre el timbre.
-¡Es el abú! -murmuro con voz baja pero fuerte y audible, en dirección a las cinco mujeres-. ¿Por qué no le abren, son tontas? Estoy en pijama, ¡abranle!
Sin embargo, las risas salen a borbotones enmudecidas por sus dedos, impidiendoles hablar. No veo la gracia del juego, pero aunque no voy a saberlo hasta más tarde, es un sueño. Decido entonces vestirme y abrir yo mismo. Vuelvo a la cocina y, como si todo hubiese estado fríamente calculado desde antes, sobre la mesa aguarda mi ropa.
El timbre suena. Suena y resuena con intervalos de silencio que habla. Suena imperioso, suena suplicante, suena reclamando, suena triste, suena enojado y suena jocoso. Suena mientras estiro una remera sobre mi abdomen y ajusto mi cinturón, un cinturón que a pesar de no ser el del auto, de manera extraña y sin razón me remite a cierta seguridad y confianza. Me pongo las zapatillas, las viejas, a pesar de que ese día me compré unas nuevas y en el sueño lo sé, y me las ato con celeridad.
Oigo gritos afuera, pero no son gritos normales: son una especie de chillidos y alaridos de ultratumba, agudos y chirriantes. En vez de molestarme, me preocupan. Está pasando algo, algo malo, algo malo le pasa a mi abuelo, a mi abú, algo malo y que no voy a poder evitar, esté vestido o en pijama, lleve mis zapatillas nuevas o las viejas, ríanse mis hermanas o no. Me dejo los cordones de la zapatilla derecha a medio atar, porque como soy zurdo siempre empiezo por la izquierda. Me incorporo y salgo a la carrera, cubriendo en dos zancadas la distancia que antes recorrí en tres, soltando pequeños jadeos sollozantes y con las lagrimas peleando por ver quien es la primera en caer por mis mejillas. Agarro mis llaves al vuelo, pongo mi llave en la puerta y con las risas, el timbre y los gritos de fondo abro como puedo. Salgo al exterior y él no está donde estaba, se esfumo, se fue, ya no está, pero los alaridos horrendos todavía resuenan. Queda la puerta de afuera, la reja que protege el cuidado jardín de adelante de mi mamá y sé, no sé como pero lo sé, que si me apuro, tal vez, tan solo tal vez...
Pongo la llave en la cerradura de la puerta exterior, la giro... y no abre, no da vuelta, no se mueve por mas que intente. Lo recuerdo entonces: hace semanas que la cerradura anda mal y solo la llave de mi mamá la abre. Entro y las veo riéndose aún en el sillón, transformadas ahora en arpías infernales, retorcidas y con los ojos negros, y eso no hace más que aumentar mi impotencia y que las lágrimas de mis ojos aumenten más de tamaño. Rebusco en el llavero de madera hasta encontrar las indicadas, y tras un breve forcejeo, logro abrir la reja. Salgo respirando agitada y entrecortadamente y me paro en el cordón, a centímetros del asfalto. Ya no está.
Pero es un sueño, por supuesto; cuando me giro ahí está él, sano y salvo, y el timbre, los gritos y las risas desaparecen envueltas por un silencio tranquilizador. Él me saluda, sonriendo, como si nada hubiera pasado. El cielo cerúleo se tiñó quién sabe cuando de violeta y el ocaso llenó el aire con su característico aroma. Lo abrazo temblando y me despido de él.
-Nos vemos, abú. Cuidate mucho.
Sonríe con esa sonrisa que dan ganas de abrazarlo, me mira con los ojos brillosos tras sus gruesos anteojos y responde lo mismo que siempre a esa consigna, dos palabras que no voy a olvidar mientras viva, esté despierto o dormido.
-¿Más todavía?

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Ese es un resumen de lo que recuerdo de mi sueño de hoy, 12 de abril del 2012. Me desperté a las 8, agitado, pensando que me había quedado dormido y había faltado a la facultad, pero no: todavía faltaban mas de cuatro horas para eso. Un poco más tranquilo, volví a apoyar la cabeza en la almohada y me dí cuenta de que como pocas veces me pasa, me acordaba de mi sueño de esa noche. Lo atesoré con añoranza, pero sin darle mayor importancia. Me dormí otra vez, me volví a despertar, me fui a cursar y volví a la noche a casa. No fue hasta entonces que mi mamá me dijo que hoy, 12 de abril del 2012, se cumplen tres años desde el fallecimiento de Julio Diego Tevez, mi abuelo, mi abú. Se me había olvidado por completo que hace tres años, siendo el 12 de abril del 2009 un domingo de Pascua, una Pascua sin resurrección, sin huevos ni chocolates, una Pascua que reunió a una familia pero de un modo distinto, había cerrado los ojos para siempre ese hombre. Un hombre con quien, tal vez debido a mi edad, tal vez debido a su edad, tal vez debido a nuestras formas de ser, nunca establecí un vínculo tan estrecho como el que poseo con mi nona, mi abuela, pero al que sin embargo quise y quiero muchísimo y a quien añoro constantemente. Tal vez extraño sus anteojos, su figura frágil pero a la vez fuerte, su voz suave y conciliante, la lucidez que mantuvo siempre, la simpatía que expresaba constantemente, la paz que transmitía verlo domingo a domingo sentado en la cabecera de la mesa de la cocina leyendo el diario del domingo, humedeciendose los dedos cada tanto para pasar con lentitud las páginas, sentado en el mismo lugar y en la misma silla donde empieza mi sueño, solo que en mi sueño no es él el que está sentado ahí, sino que soy yo, y no tengo en mis manos un diario, sino una netbook... un traspaso generacional.

No puedo creer que un día como hoy, hace tres años, dejaba de jugar abruptamente al Tibia en medio de una quest, algo impensado por mi en ese entonces dando a mi personaje y a mis compañeros una muerte segura y la pérdida de varios niveles y objetos que me habían costado días conseguir, para bajar la escalera corriendo y escuchar una noticia que había supuesto desde hacía ya rato pero que no quería asimilar. No puedo creer que un día como hoy, hace tres años, me paseaba por mi casa viendo a mis familiares consolándose mutuamente para quedarme llorando solo en el lavadero, viendo a mi perro en el patio, tan ajeno a nuestro pesar. No puedo creer que ya pasaron 1095 días desde ese día que cambió tanto en mi, desde ese día que al limpiar entre sus pertenencias encontramos una copia del primer cuento que escribi "en serio" en mi vida, hace ya seis años, para navidad. Un cuento impreso en papel de colores, de mala calidad, con una historia bastante infantil y mal escrita que invitaba a la reflexion en esos días sagrados, y que él elogió ese día y guardó tantos años. Un cuento que ahora guardo yo, como promesa para mi y para él de que voy a seguir haciendo esto, vomitando palabras compulsivamente, hasta el día en que deje de llenarme y hacerme sentir realizado y feliz.

Gracias por lo que parece tan poco pero que significa tanto para mí, abú.

La pesca de hoy en el lago, definitivamente fue una buena pesca. Con sabor a lágrimas, pero buena como ninguna.

3 comentarios:

  1. Mi abuelo se murió un 12/12/11. :') Sos un escritor nato, mi amorchito.

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  3. Cami (with Marta)18 de mayo de 2012, 13:56

    Hace tiempo que no nadaba en el lago. Como siempre, no deja de sorprenderme.
    Te mando un gran abrazo, querido Tom!

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