5 feb. 2017

Escucho

Escucho música alegre, de fiesta, de cumpleaños. Lejos, apagada, de gente que se divierte en otro lado.

Escucho un perro ladrando, enojado, furioso, con ganas de que se termine todo.

Escucho a cada ladrido de ira que otro perro responde con llantos, sollozos de tristeza y pesadumbre. No se de donde vienen, ni tampoco estoy muy seguro de adonde van.

Escucho un maullido. En el techo veo un gato, cuyo color no distingo; es una sombra. Maulla frustrado, bajito, casi imperceptiblemente para que le abran la ventana y lo dejen entrar, para que le den calor y un poco de amor, pero nadie contesta a sus ruegos. Quiero fotografiarlo, pero se pierde en la oscuridad.

Escucho, mientras tanto, el viento que sopla con fuerza, insistiendo en llevarse todo lo que se le cruce por delante. Es un viento despiadado, y el mundo debe saberlo.

Escucho la música, escucho los perros, escucho el gato, escucho el viento. Yo soy ellos, ellos son yo. Somos todo y a la vez nada, somos tristeza, rabia y alegría. Somos frustración y desesperanza, somos la ficha que cae cuando ya es demasiado tarde. Escucho la lluvia, y con ella me deshago y me desahogo.

Al final, no escucho nada.

22 oct. 2016

Pensamientos e interacciones II

Son las once y algo de la noche. Tengo frío, sueño y un poco de felicidad porque fue un viernes largo pero lindo, y las pequeñas cosas como escaparme de clase para ir a tomar algo con una amiga es todo lo que necesito para estar realmente contento. Mientras camino por la plaza, la calle me es ajena en sonido, así que no las escucho venir pero las veo cuando se aparecen por el camino diagonal. Vienen juntas y se nota. Yo voy solo, supongo que también se nota. Están felices, como yo. En sus oidos suenan sus propias risas. En mis oídos suena Hannah Peel, que me pregunta si no conozco a mi reina; claro que sí, aunque no es una sino dos; las tengo enfrente mío, lo sé de alguna manera.

Se paran en seco cuando nuestros caminos se cruzan, y la más bajita, de pelo corto, me dice algo que no entiendo. Me saco los auriculares, me detengo al lado suyo y trato de prestar atención a las palabras, pero éstas se resbalan de su boca como jabones húmedos. Al segundo intento, un poquito tambaleante, logra articular bien las palabras:

-¿No te da miedo andar con auriculares?

-¿Miedo? - pregunto, pensando que había entendido mal la pregunta; ¿por qué iba a tener miedo?

-Sí, miedo. ¿O te gusta? No se, a mi me da miedo siempre -dice, tomando un trago de su vaso XXL de líquido oscuro y espumoso-. Una vez me gritaron cosas desde un auto tres tipos y pensé que me pedían alguna dirección, pero cuando me paré y me los saque para escuchar me dijeron muchas cosas horribles, fue re feo, me sentí re vulnerable. ¿No te sentís vulnerable vos?

-No - y aunque lo digo riéndome, me preocupa un poco. Bastante-. Creo que todo lo contrario, me siento más seguro

-Que suerte,  boludo -toma otro trago con el sorbete, el cual le cuesta varios intentos encontrar-. Yo con los auriculares me siento re aislada del mundo, no me gusta eso. ¿A vos te gusta?  Igual como que está bueno a veces.

No presto atención a lo que me dice, aunque registro las palabras. No puedo evitar seguir dándole vueltas a cómo un hecho tan insignificante como usar auriculares puede volverse tan grande, tan importante, tan atemorizante.

-Bueno, anden con cuidado que es tarde - me siento un poco ridículo aconsejandole algo así a quien apenas tendrá unos años menos que yo, pero a ellas no parece importarles. Me caen bien sin conocerlas, y me preocupa la borrachera de la chica bajita de pelo corto como si fuera mi amiga.

-Si, para eso estoy yo, para cuidarla - interviene la chica rubia por primera vez, con un pelo ondulado, largo, hermoso. Sonríe de manera muy inocente, casi infantil. Le brillan los ojos a la luz del farol de la plaza y le pasa el brazo fraternal por los hombros. El comentario me hace sonreír otra vez: no tiene contextura tal que te haga creer que puede proteger a alguien, pero lo cierto es que creo al cien por ciento que va a protegerla a ella de cualquier cosa.

-Es mi cumpleaños hoy, toma un trago por mi cumpleaños - dice la chica bajita, extendiéndome el vaso.

-¿Es tu cumpleaños? Felicidades, ¿cuántos cumplís?

-Fue hace dos días en realidad -mi mensaje, por supuesto, se perdió en el medio-. Es fernet nada más eh, no tiene drogas ni nada raro, en serio, no te preocupes. Te lo juro.)

-Te creo , te creo. Un trago nomas -la bebida está un poco caliente, pero efectivamente es fernet; sin drogas ni nada raro-. ¿Como te llamas?

-Camila, ¿y vos?

-Tomás -como haciendo honor a mi nombre y cumpliendo con mi presente del indicativo, ella toma un trago-. ¿Cuántos años cumplís?

-Veinte -ahora extiende el brazo hacia la chica rubia riéndose un poco más, antes de repetir:- Cumpli hace dos días igual.

-Ah, bueno, yo cumplo en tres semanas, el 18

-¡Nooo! ¿Sos de Escorpio? Que capo, choque

Y chocamos.

-En tu cumpleaños voy a pensar en vos, te voy a mandar felicidad y buenas energías

-Gracias, voy a estar esperándolas -le digo antes de volver a mi cita con Hannah, que ahora me dice que deje a la risa entrar. Le hago caso y me río, dándome vuelta por última vez para verlas cruzar la avenida. Ellas también están mirando, y me gritan "¡Aguante Escorpio!".

Buenas noches, y tengan cuidado. Ojalá no tuviesen que tenerlo.

9 mar. 2016

Entr'acte II

Leave you? Leave you?
How could I leave you?
How could I go it alone?

Could I wave the years away with a quick goodbye?
How do you wipe tears away when your eyes are dry?

Best friend, brother, could I recover?
Give up the fun we have known?
Not to overthink your words every day and night.
Not to reconsider my texts and to rewrite
and to rethink and to reread...
How could I survive?

Could I leave you?
And your posts of the world's best bands?
And our meetings with all those looks, cryptic words,
sullen glares from your hard dark eyes?

Leave the quips with a sting, jokes with a sneer,
friendship demonstrations once a year?
Leave the lies ill-concealed,
and the wounds never healed
and the game's not worth winning?
And wait! I'm just beginning!

What?!
Leave you, leave you?
How could I leave you?!
What would I do on my own?
Putting thoughts of you aside in my favorite bar,
would I think of suicide...?
Please, don't make me laugh!

Could I live through the pain while the time passes by?
Would it pass? It would pass.
Could I bury my rage with a friend who is there
and who cares? Bet your ass.

But I've done that already,
or didn't you know, friend?
Tell me, how could I leave
when I left long ago, boy!

Could I leave you?
No, the point is, could you leave me?

Well, I guess you could leave me the laughs,
leave me the smurfs,
leave me Eiichiro's Bar, the jokes and all that.
You could leave me the logs for sentiment's sake
and ninety percent of the drawings we made.

And the chats and the books;
my friend, you keep the drugs,
buddy, you keep my boots.
And boy, I'll take the memories,
you just keep forgetting.
Keep all of your shit and...
Just wait a goddamn minute!

Hah!
Leave you?
Leave you?!
How could I leave you?!
Best friend, I have to confess...

Could I leave you?
Yes!
Will I leave you...?
Will I leave you?
Guess!

7 mar. 2016

No more

They disappoint,
they disappear,
they die but they don't.
They disappoint
in turn, I fear.
Forgive, though, they won't.

Running away, let's do it;
free from the ties that bind.
No more despair or burdens to bear
out there in the yonder.

Running away, go to it.
Where did you have in mind?
Have to take care: unless there's a "where"
you'll only be wandering blind.
Just more questions, different kind.
Where are we to go? Where are we ever to go?

Running away, we'll do it;
why sit around, resigned?
Trouble is, boy, the farther you run,
the more you feel undefined
for what you have left undone,
and, more, what you've left behind.

We disappoint,
we leave a mess,
we die but we won't;
we disappoint
in turn, I guess,
Forget, though, we won't.

And it's nothing new.

7 feb. 2016

Eso (II)

Cinco años son muchos años.

Todavía me acuerdo como era en aquel entonces, y me siento anciano de sólo pensar en ello: me aterraba el monstruo (¿a quién no?), me angustiaba cómo me acechaba todo el tiempo, susurrándome sus cadenas oxidadas las más fieras promesas con cada paso que daba más cerca mío; me desesperaba cuando huía y la gente lo veía de reojo, incluso cuando estas escapadas duraban unos escasos segundos. Jamás me atreví a mirarlo a los ojos, ni siquiera cuando lo tomaba por las astas deformes con mis dedos callosos para volver a encadenarlo,  porque sabía lo que vería reflejado en sus tétricas orbes, y eso era lo que más me aterraba: en el espejo habría algo tan bestial como él, o tal vez más.

Cinco años son muchos años, y ahora ya lo sé: el monstruo soy yo.

Me di cuenta que el monstruo no es tan malo, que de hecho es hasta querible. Lo visito cada vez más seguido, y a veces permito que él me visite a mí. Afuera, aunque crean que no los vemos, que no los sentimos, que no los oímos, siempre están ellos. Los envidiados, los sin monstruo, los ajenos. Cuchichean, murmuran y se ríen, tan lejos que sus rostros se difuminan en la niebla, tan cerca que igual pueden golpearnos, aunque no lo sepan: porque sus risas son como navajas que rasgan suavemente nuestra piel, lo suficientemente fuerte para hacernos sangrar pero sin llegar al punto de matarnos. No nos importa mucho: hemos sufrido heridas mucho peores. No son nada comparados con los espíritus. Al menos nos tenemos el uno al otro, y así todo es más leve.

Nos abrazamos una vez más, porque el horario de la visita ya termina. Todo fue mucho más feliz desde el día que decidimos hablar, entendernos, admitir que somos parte de lo mismo. Hablamos por horas, negociamos, hasta jugamos a las cartas cada tanto. El monstruo aún no es del todo libre, él lo sabe y yo lo sé, y cinco años son muchos años. Sin embargo, ahora goza de ciertos privilegios: sus cadenas se volvieron seda, su calabozo un palacio, su pelaje sucio y descuidado reluce de limpio. A veces yo mismo lo cepillo por horas con una sonrisa distraída en el rostro. Los espíritus siguen rondando (porque ellos jamás se irán), pero al menos el monstruo ya sabe como lidiar con ellos. Los dos aprendimos a controlarlos.

¿Será que en cinco años más el monstruo será finalmente aceptado? ¿Lograremos juntos lo imposible, lo que ni siquiera imaginamos? Tal vez sí. Probablemente no. No porque no quiera, sino porque es mi monstruo, y nadie tiene derecho a meterse con él. No a menos que yo así lo desee.

El monstruo creció, se lamió las heridas, aprendió y me perdonó. Y yo lo perdoné a él.

Y me perdoné a mí.