9 sep. 2010

Agonía.

Bueno, he aquí este cuento que me dio el primer lugar en el concurso "Contemos la Ciencia", organizado por la Academia Nacional de Ciencias con sede en Córdoba. Tiene varios errores, pero decidí no corregirlo, ya que ganó a pesar de ellos. Espero sus comentarios :3

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La sed abrasa mi garganta. Es un acto reflejo: antes de darme cuenta, mi mano baja en dirección a la cantimplora, y entonces recuerdo que está vacía. Con un ronco gemido, intentando convencerme a mí mismo de que estoy cerca de mi meta, sigo caminando. Siento los pies de plomo, pero continúo recorriendo las áridas tierras que me rodean, habitadas únicamente por ratones, lagartos, serpientes y armadillos, entre otras alimañas típicas del desierto. Encima de mi cabeza, oigo graznar a un inmenso y oscuro buitre, que viene siguiéndome desde hace tiempo. Siento cómo la falta de agua azota mi cuerpo, entumeciendo mis músculos. Mis labios agrietados intentan murmuran el nombre de ése preciado liquido, pero mi reseca garganta se niega a hacerlo. Cada inhalación se vuelve una tortura para mis deshidratados y cansados pulmones, que cada tanto sueltan un pitido quejumbroso. Cada paso que doy es un auténtico martirio, pero algo dentro me dice que tengo que seguir adelante a como dé lugar. Intento ignorar el dolor punzante en un costado de mi vientre, y entonces el cansancio y la sed me hacen perder el control de mi propio cuerpo por un segundo. Tropiezo con mis propios pies, desplomándome sobre la arena caliente. La siento deslizarse dentro de mi camisa, clavándose en mi piel cuan agujas hirvientes. No tengo fuerzas suficientes para levantarme nuevamente. A pesar de que mi mente se empecina en decir lo contrario, desde el principio una desagradable sensación de que mi búsqueda era en vano me invadía. Me quedo tendido sobre la arena, con los ojos cerrados, dispuesto a morir. Puedo oír un sonoro graznido de felicidad de parte de mi amigo alado: la cena está servida para él.

De repente, abro los ojos. A unos pocos metros, el gran buitre negro me mira receloso. Corro como un desquiciado ante el paisaje maravilloso que se yergue delante de mis ojos: una sublime y majestuosa extensión de agua que aliviaría todos mis males. Aunque mi cerebro se niegue a asimilarlo, es un auténtico océano de agua pura y cristalina. Sigo corriendo, sin poder creerlo, entre extasiado y aturdido. Llego al borde de un pequeño precipicio, y debajo me espera la más maravillosa creación de Dios. Me arrojo sobre ese mar de infinito celeste, deseando hacerme uno con el agua. Me siento un ave por un instante; no el mismo tipo de ave que el buitre que me persigue desde el comienzo de mi travesía, sino un verdadero ave fénix que renace de sus cenizas para volver a vivir en un mundo de maravillas. Tras mantenerme en el aire durante unos segundos, sintiendo el viento silbar en mis oídos, empiezo a caer con una lentitud alarmante, y caigo, y caigo… y caigo. Finalmente impacto, pero no contra el agua fresca que tanto anhelaba, sino que sobre el duro y resquebrajado suelo de tierra. Gimiendo a causa del dolor y la confusión, levanto el rostro mugriento, intentando escupir toda la tierra que colma mi boca. Miro en derredor y no veo más que planicies yermas. Nada fue real. Todo era una simple alucinación a causa de la sed. Quiero llorar, pero nada sale de mis lagrimales resecos. Solo un quejido ahogado en el fondo de mi pecho.

Con dificultad, vuelvo a levantarme. Algo me impulsa a no rendirme; a mi mente acude el recuerdo de todas aquellas personas que no tuvieron la oportunidad de elegir entre vivir o morir, entre pelear o prevalecer. Me levanto con fuerzas renovadas. Esto genera cierta frustración en el pájaro rastrero que me sigue, quien lanza un chillido de enojo y despliega las alas con pereza, emprendiendo vuelo nuevamente en dirección al implacable Astro Rey. Avanzo unos metros más, hasta que recuerdo que sigo tan o incluso más sediento que antes. Todavía siento la tierra en mi lengua. Aminoro el paso y miro a mi alrededor: veo altos edificios semi-derruidos, plazas de arena, casas reducidas a escombros y huesos sobresaliendo aquí y allá.

Entre la arena y la tierra asoma una hoja de papel ajada por el tiempo, amarillenta y con el texto un tanto borroneado. En la misma, se ve a una miniatura del planeta tierra, contenido dentro de una gota de agua. El panfleto reza “Aún no es demasiado tarde. ¡Cuidemos el agua! ¡Cuidemos la vida! ¡Cuidemos la Tierra!”. Río para mis adentros: esas palabras están grabadas a fuego en mi memoria desde hace años, cuando leí por primera vez el cartel. Al principio, nadie le prestó atención, pero cuando las consecuencias empezaron a hacerse evidentes, el pánico se extendió por el planeta junto al virus letal transportado por el agua. Las muertes se sucedieron con rapidez y de a miles; la falta de agua potable era una realidad mortífera. Asia y África se vieron diezmadas en cuestión de semanas, mientras múltiples guerras azotaban con fiereza a Europa y a América, todos intentando hacerse con la escasa agua aún bebible.

La risa se torna en tos, que no se detiene con facilidad. Mis pulmones arden como si estuviesen en medio de una hoguera. Miro otra vez el dibujo descolorido del folleto: es parte de la naturaleza humana no saber el valor real de lo que tiene hasta que ya lo ha perdido. Colonizar otros planetas, crear vida artificial, superar el desafío de la muerte… Todos los retos que se propuso el hombre durante los últimos siglos habían sido utopías inalcanzables y vanas. Todas las maravillas tecnológicas son inútiles ahora, en este planeta vacío y muerto.

Mareado, me tiendo de espaldas en la arena. Siento que la mente se me pone en blanco por momentos, y ya no sé dónde estoy ni qué estoy haciendo. Sufro saltos temporales, divisando a mis hijos, a mi familia, a mis amigos; delirios generados por el agotamiento y la necesidad de refrescarme. Otra vez mi mente está en blanco, y quedan en el olvido las personas muertas, la sociedad perdida, las ciudades destruidas y la naturaleza diezmada. Quedan también en el olvido el agua, la vida y la muerte. Tan sólo quiero cerrar los ojos y dormir.

Sobre mi cabeza, diviso al buitre, quien vuela en círculos, armado de una paciencia escalofriante. Sus graznidos secos y voraces me mantienen alerta. Amaga con descender, pero lo ahuyento lanzándole una piedra. Se aleja volando, escandalizado y lanzando grititos ofendidos. Vuelvo a levantarme, dispuesto a proseguir mi marcha: puedo vislumbrar la gran mancha azul grisácea extenderse hacia el infinito a unos cuantos metros. El comienzo de lo que fue la perdición para prácticamente todo el planeta.

Casi arrastrándome, llego al lugar y un temblor de impotencia, angustia y miedo recorre mi cuerpo. Tener esa cantidad interminable de agua y no poder beber de ella es una auténtica ironía divina. Dios realmente tiene un sentido del humor retorcido. Me acerco y, usando mis manos como cuenco, me llevo la sustancia gris que de ninguna manera puede ser agua a la cara. La olfateo con recelo: despide un nauseabundo olor a pescado podrido, salitre y alguna clase de amargo químico. Mis manos empiezan a arder como si el líquido gris fuese carbón encendido, y lo suelto con un alarido. Las palmas de mis manos están en carne viva, y no faltara mucho para que se cubran de ampollas. Ya no tengo fuerzas suficientes ni siquiera para gritar del dolor.

Entonces lo veo, a unos metros de distancia: lindando con la orilla de las aguas envenenadas, hay un gran edificio de ladrillos, cuyos muros están corroídos por la sal del mar y los fuertes vientos del invierno. Unas pesadas y viejas cadenas se ciernen sobre la puerta, coronadas por un gran candado de metal. Esta intacto, aunque al parecer completamente corroído por el óxido. Con un golpe propinado con el codo (dado que mis manos están inutilizadas ahora), logro hacer que se deshaga en pedazos, los cuales tiñen la arena de rojo. Quito las cadenas como puedo e ingreso en el agradablemente helado recinto, tambaleándome. Todo yace intacto, cubierto por una gruesa capa de polvo: probetas mugrientas, tubos de ensayo rotos, delantales que alguna vez fueron blancos y ahora son de un gris desvaído, frascos con sustancias de diferentes colores, papeles llenos de palabras técnicas. Caigo en la cuenta de que, por increíble que resulte, soy el primero en años en entrar en aquel laboratorio. Tal vez… tal vez todavía tenga alguna oportunidad, después de todo. Leo con desgano las hojas amarillentas de los informes científicos: todas malas noticias. El cómo los desechos químicos arrojados al mar generaron una intoxicación casi irreversible; cómo esa ponzoña asesinó lenta y tortuosamente a todos los animales en el mar, para luego expandirse hacia la tierra. Los ríos sufrieron las consecuencias, portando una toxina prácticamente indetectable, denominada virus RS19. Toda criatura que tomase esa agua supuestamente potable moriría irremediablemente. Los médicos la definieron como la peste invisible, dado que no tiene síntomas visibles ni forma de tratarla o evitarla. Las plantas fueron las primeras en verse afectadas, sufriendo horrendas mutaciones, emanando vapores tóxicos y tornando sus lozanos colores a apagados púrpuras, rojos o negros. La humanidad no tardó en quedar diezmada, tanto por intoxicación como por hambre o sed. La gente dejaba de tomar agua por miedo a envenenarse. Mientras tanto, vacas, gallinas, cerdos y demás animales de granja perecían; nunca llegaron a descubrir si era por un posible contagio aéreo, si el agua que bebían estaba contaminada o si sufrían cierta susceptibilidad al virus.

Una de las hojas contiene un dato curioso que ignoro: las cucarachas son el único ser viviente conocido inmune al virus RS19. Esos diminutos insectos, presentes en nuestro planeta por más de 300 millones de años, pueden pasar más de un mes sin beber agua. Asimismo, se adaptan a prácticamente cualquier clima, comiendo casi cualquier cosa; poseen una memoria asombrosa y un cuerpo capaz de sobrevivir a la decapitación por semanas; resisten hasta dieciséis veces más la radiación que los humanos y los calores y los fríos extremos. Tienen un millón de neuronas que, en conjunto, forman un sistema de reacciones psíquicas particularmente complicadas. Debe haber habido un garrafal error en la Biblia, ya que si Dios creó a una criatura a su imagen y semejanza, entonces sin dudas Dios es una cucaracha.

En un terrario de vidrio resquebrajado, vislumbro uno de estos dichosos y maravillosos insectos. Sus antenas negras, largas, de aspecto pringoso, olisquean el aire con delicadeza. Es extraño verla allí tan tranquila, dado que es una criatura de hábitos nocturnos. En el informe de las cucarachas decía que por cada uno de estos insectos que el hombre ve, hay cerca de doscientas mas escondidas en rendijas cercanas o pequeños espacios cerrados y oscuros similares. Me estremezco ante la visión repentina de las paredes huecas rezumando esos insectos oscuros como la obsidiana, moviendo sus pequeñas antenas constantemente, al acecho, esperando que el sol caiga detrás del horizonte.

Siento que mi cuerpo está al límite definitivo: no me quedan más que un par de horas de vida, y eso con suerte. Paso del terrario, y enfoco mi vista en un gran tanque cercano, en el fondo del laboratorio. No es tanto su contenido lo que despierta mi completa atención, sino el olor: ese aroma es inconfundible. A pesar de ser un olor obviado y menospreciado por cientos de generaciones de seres humanos, el olor del agua es posiblemente el más maravilloso jamás concebido. Es como un perfume exótico para mi nariz, algo que lleva casi un cuarto de siglo sin sentir. Veo entonces el líquido, rezumando del tanque en forma de una cascada maravillosa y celestial. Las aguas claras desbordan por arriba, gracias a una turbina que, vaya uno a saber cómo, sigue aún en funcionamiento. Intentando convencerme de que no es otra ilusión generada por el cansancio y la desesperación, corro en dirección a esa fuente de vida. Sumerjo la cabeza completamente en el agua, ahogándome con placer, disfrutando la sensación de estar rodado de algo tan milagroso. Bebo durante lo que parecen ser horas, hasta que caigo rendido al piso, sintiéndome agotado. No puedo dejar de sonreír, aún cuando descubro el esqueleto que yace a unos pocos pies de distancia, despatarrado en el suelo, con un delantal de laboratorio. Sigo sonriendo luego de leer en los papeles que mi huesudo amigo sostiene en la mano: es un gráfico con los diferentes tóxicos que el hombre ha estado arrojando al mar en los últimos cien años. Los químicos y toxinas se adhirieron al hidrógeno de tal manera que su destilación es prácticamente imposible. Todos los estudios llevados a cabo en este laboratorio buscaban purificar y eliminar los elementos tóxicos adheridos al agua, pero ninguno había tenido éxito. El agua que acababa de beber estaba tan cargada del virus RS19 como la que formaba un pequeño lago afuera. No importaba: recién ahora el amargo sabor metalizado del veneno empieza a invadir mi paladar, mientras mi sonrisa se ensancha aún más. El final llegó, tardío pero seguro, para uno de los últimos seres vivientes del planeta Tierra. Me pregunto cuantos planetas como el nuestro habrán nacido y muerto a lo largo de la historia del universo… Ya no importa mucho, tampoco. Cierro los ojos por última vez; lentamente voy perdiendo el control de mi cuerpo, como si alguien apagara uno a uno unos interruptores en mi mente. Intento gritar para desahogar todo lo que llevo adentro, pero no puedo. Ningún sonido sale de mi boca muda, ninguna imagen entra en mis ojos ciegos, ningún sonido llega a mis oídos sordos. El único sentido que aún prevalece, al parecer el último en abandonarme, es el gusto: sigo sintiendo el penetrante sabor del veneno en mi boca.

Al final, la muerte no era tan terrible como todos la pintaban. Mentalmente, evoco a todos los dioses que mi deteriorada memoria consigue recordar: Alá, Buda, Yaveh, Zeus y el resto de sus compinches. Les ruego a todos y cada uno de ellos por mi alma inmortal, suplico que disculpen mi existencia egoísta y también la de todos los que murieron antes que yo, y los que morirán después (si es que acaso no soy el último). Exhalo por última vez, y con los ojos cerrados, veo algo: el buitre voraz se acerca con meticuloso cuidado, analizándome, examinando con cuidado mi cuerpo, buscando por donde empezar a comer. A su alrededor, expandiéndose como una mancha de petróleo, miles de millones de cucarachas corretean con despreocupación. Ellas no tienen que pensar en cosas tan intranscendentes como la muerte.

Con sorpresa, siento algo húmedo en mis mejillas. Estoy llorando. Largos y sinuosos riachuelos de agua (apostaría mis escasas pertenencias a que es salada y virulenta) resbalan por mi rostro. Mi sonrisa nunca se desvaneció. Me entrego finalmente a los brazos de la muerte, cierro los ojos y pago mi crimen. Ahora sé que finalmente el ser humano saldó todas sus cuentas.

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