28 nov. 2014

Veintidós

Si mi vida fuese una obra de teatro, todo lo que pasó hasta ahora no sería más que la preproducción: la preparación de la trama demanda siempre un trabajo minucioso, incluso a sabiendas de que es un trabajo inútil porque al final los actores improvisan y hacen lo que se les antoja. El guión detallaría cada escena y circunstancia, desde el día en que creímos que estaríamos juntos para siempre hasta la explicación de qué llevó a esa situación fatal de pérdida y enfado; qué cena fracasó estrepitosamente, qué me llevó a escribir esa novela y hasta las condiciones climatológicas y sentimentales del día en el que decidí no volver a verte nunca más. Daría datos precisos de todo, hasta de los personajes secundarios y sus vidas privadas (incluyendo, por supuesto, cosas fundamentales como cuáles son sus golosinas favoritas o cuál fue el día en que más solos y desgraciados se sintieron). La elección de los actores sería ardua y difícil, porque tendría que escoger solamente a los mejores y más significativos con el fin de que todo sea llevadero y orgánico. El guión en sí mismo sería una profecía excelsa y todos quienes lo leyeran se sorprenderían, pero al tratarse de un proyecto tan ambicioso ningún productor querría adoptarlo. "En este negocio se necesitan certezas", dirían, "y una obra compuesta por dudas y quizáses no le conviene a nadie".

Si mi vida fuese una obra de teatro, definitivamente se trataría de un musical: las canciones se enlazarían una con la otra,  sucediéndose minuetos, serenatas, réquiems, nocturnos y sinfonías. Cada pieza de música saldría de mi alma, despojándome de mis recuerdos despiadadamente, describiéndome a la perfección y transmitiendo por medio de letra y música todo lo que soy. Serían unas melodías tan armoniosas y profundas que a cada persona de la audiencia le llegarían de manera diferente, tocando una cuerda de arpa dentro de ellos con la delicadeza de una caricia, la cual vibraría por una pequeña eternidad. En los ensayos, sin embargo, algunas canciones no funcionarían y quedarían fuera de lugar respecto a la historia, por lo que no habría mas remedio que recortarlas, a pesar de su belleza. Esas canciones sólo sonarían para mí, como siempre lo hacen, como siempre lo harán.

Si mi vida fuese una obra de teatro, estos serían los minutos previos a que se apaguen las luces: la emoción recorrería a todos como una corriente eléctrica, contagiándose entre todos como una epidemia. Se trataría de ese instante de animosidad y jolgorio que se da cuando la multitud empieza a entrar a la sala, charlando sobre sus expectativas y contándose esas cosas mundanas que a nadie excepto a mí le resultan interesantes. Unos cuantos minutos de alegría injustificada y ruido que se acaba una vez todos se ubican en sus asientos; entonces procederían a mirarse los rostros los unos a los otros mientras juzgan en silencio sus vestimentas con una sonrisa acartonada en los labios, intentando deducir de qué trabajan los demás, su posicionamiento político, si malcrían a sus hijos o cuánto dinero ganan al mes. Todavía no se trataría de mí sino meramente de ellos, los que miran, los únicos y fundamentales protagonistas.

Si mi vida fuese una obra de teatro, los últimos instantes entre bambalinas serían espantosos: yo lo analizaría todo, espiando discretamente detrás del pesado telón de terciopelo, escudriñando rostros y expresiones, vislumbrando más en ellos que lo que cualquier amigo, familiar o cónyugue podría ver en toda su vida. Tomaría ventaja y los desnudaría en cuerpo y alma antes de que ellos me desnuden a mí. Determinaría quién es quién, aunque en muchos casos mi intuición me engañe y me termine jugando en contra. Entonces, antes de que pueda hacer nada, las luces de la sala se apagarían y con ellas las voces de la audiencoa, y aunque mi vida aún no comienza, ya lleva en marcha un largo rato. Me quedaría de pie, quieto, sin saber qué hacer en medio de la negrura. Esa oscuridad es fundamental, esos instantes de silencio atroz y ceguera insoportable, de pequeña muerte, de tensión tenue, de pánico escénico. En ese instante tendría que decidir si quiero seguir con la obra o si quiero correr con desesperación por la puerta trasera aprovechando mi disfraz de sombras, huyendo para siempre de esa multitud ansiosa por juzgarme. Me gustaría pensar que tengo ese poder de decisión, aunque en realidad no puedo cambiar el rumbo de las cosas.

Si mi vida fuese una obra de teatro, el comienzo nadie lo entendería: el telón escarlata se abriría con dificultad, mostrando a un joven que llega demasiado tarde a un mundo demasiado viejo, intentando mantenerse fiel a quién es y a por quiénes es, queriendo llegar a ser sin deshacer, deseando crecer sin desaparecer entre la espuma del mar. Ese joven, claro está, seré yo. El tañido suave de una campana acompañaría cada una de mis pisadas a través de la cosmogonía en la que nací. Lentamente, una a una, las voces y figuras de quienes me componen empezarían a aparecer, empezando con un suave rasguido de guitarra acompañado por el violín y la bailarina, la actriz y el percusionista, el superhéroe y el clarinete, la artista de la vida. El bajo se une y la viola se hace presente. El arpa armoniza. Un piano suave marca el tiempo. Al llegar al centro del escenario, mientras estoy rodeado por los constantes, un sinfin de efímeros correrían y se entrechocarían, estallando al rozarse y volviéndose humo: el cisne, la bruja, el bufón, las hienas, el camaleón, el ratón, las sombras. El preludio de la tortuga finalizaría con cuatro palabras: "siempre hay una excusa".

Si mi vida fuese una obra de teatro, el final sería deslumbrante: no podría ser de otra manera al tratarse de una obra tan breve y extensa a la vez, abarcando tantas situaciones y existencias entrecruzadas, enredadas en una maraña incomprensible pero que cada quien interpreta de manera diferente y particular. Las criticas no importarían (¿acaso importaron alguna vez?), pues la obra nunca es hermética y muta tras cada función, al igual que la vida. Una vida que se repite, igual pero diferente, cada noche a la misma hora. Por más que se prepare y se ensaye y se planifique y se anticipe nunca saldrá de la misma manera... ¿Qué encanto tendría eso? Las tensiones de toda una existencia no se disolverían, sino que se atenuarían y dejarían de importar. Al final lo bueno prevalece sobre lo malo, las desilusiones se entierran en el pasado, las maldiciones se terminan y todo lo que parecía estar equivocado se soluciona mientras que quienes se hicieron merecedores vivieron una vida larga y feliz. El escenario sería un desfile de colores y luz, todos bailando y celebrando sus logros mientras la campana, la guitarra, el violín, la orquesta no dejan de sonar, hasta que el viento empieza a soplar y las luces de colores se empiezan a apagar como si fuesen velas. Una por una, las figuras e instrumentos se desvanecen también: algunas se mantienen firmes en su posición intentando resistirse, pero es inútil. La ráfaga corroe la carne, funde los metales, deshace la madera y todo esto sin esforzarse siquiera. Al final, sólo se oye la campana, tañendo con más fuerza que nunca. Una luz blanca resiste. Luego llega la tortuga. La campana suena cada vez más suavemente. La luz se apaga. Un último tintineo. Después, el silencio... y los aplausos.

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