16 mar. 2013

Liviano.

Levantar vuelo no debería ser una utopía para los seres humanos. La ligereza de la carne es suficiente como para poder permitirnos elevarnos, despegarnos del piso y simplemente alejarnos, llenos de aire y confianza. Que sea cuestión tan solo de despejar las fosas nasales, inspirar, de a poco, sin prisas, disfrutándolo, y colmar los pulmones de oxígeno. Inflados por un deseo, por un sueño, por una esperanza o una ilusión, dejando atrás las ataduras que nos vuelven pesados, que ralentizan nuestros pasos y que con sus espinas clavándose en el alma nos hieren más, más y más. Flotar tendría que ser tan natural en nosotros como respirar, o incluso más; cerrar los ojos y con una inspiración lenta y constante elevarnos poco a poco, sin prisas ni planes, con el simple objetivo de perseguir dientes de león o socializar con los pájaros. Sobrevolar las nubes debería ser algo rutinario, de todos los días: despertarse, vestirse, desayunar y luego salir por la ventana del piso de arriba, con la brisa fría acariciando los rostros lagañosos mientras el sol risueño marca el camino matutino.

Nos es tan necesario poder volar, y es tan fácil hacerlo... pero el suelo nos cela, nos aprisiona. Con cadenas invisibles ata nuestros pies, limita nuestros movimientos, nos da la ilusión de ser libres para ir adonde queramos... pero por más que corramos kilómetros y nos sintamos afortunados por ello, el horizonte siempre estará demasiado lejos, fuera del alcance de nuestras frágiles manos, como una burla terrenal de nuestras tontas ilusiones. También está lo propio, claro, que nos aferra al piso como ventosas: la culpa que nos engorda, el odio que nos empapa, la tristeza que nos vuelve pesados. Es una lucha constante entre nuestra posibilidad latente de volar y nuestra mundana insensatez que nos retiene, que nos hace dar brincos oscilando entre la libertad verdadera o la burda imitación a la que nos vemos sometidos a lo largo de nuestras vidas.

Flotar sería maravilloso. Seguir aspirado aire hasta alcanzar las nubes blancas, después las de tormenta, sobrepasar las de granizo e incluso rozar una que otra estrella, húmedos y temblorosos pero con una sonrisa infaltable. Una vez allí, en lo alto, sentarse en un asteroide pasajero y mirar todo desde arriba: la gente como puntitos pintados delicadamente con lápices de colores, las casas brillando como lucecitas tenues acomodadas con cuidado en un arbol de navidad, los bosques, plazas y campos salpicando el panorama de verde, completando la imagen los collares cerúleos que son los ríos. Disfrutar del movimiento del tiempo y de la vida sin que un solo ruido perturbe la calma eterna a la que nos vemos sometidos por primera vez en nuestras vidas.

El cielo es un lugar que nos invita a permanecer por siempre, no en vano lo pintamos como el lugar del descanso eterno; sin embargo contener la respiración por mucho tiempo nos es difícil y tras pocos segundos, quiera uno o no, el aire (ahora mutado en dióxido de carbono) empieza a escaparse por la comisura de la boca o por las indiscretas fosas nasales. La bajada primero es suave, como la de los copos de nieve, y se multiplica cada vez más al tiempo que la exhalación se acerca ineludible. La aceleración aumenta progresivamente hasta volvernos pequeños meteoritos que surcan el cielo envueltos en una túnica llameante. La colisión es inevitable, la destrucción inminente... pero ahí está el suelo para recibirnos con alegría. Nos acoge con cariño y con cariño también cierra los grilletes en torno a nuestras piernas para impedirnos jamás volver a repetir tal osadía. El cielo es peligroso y por eso los humanos no tienen alas, porque pertenecen al mundo terrenal, un mundo donde los sueños son estériles y los límites están trazados con claridad. Lentamente nos levantamos, suspiramos ese último resquicio de aire fresco de las alturas con resignación y nos sacudimos la tierra de las rodillas.

Si pudiese pedir un deseo, definitivamente pediría poder flotar. No tan solo flotar por un rato para luego caer a la dura realidad, sino flotar sin límites: quisiera correr el riesgo y perder el control, para así ascender, ascender, ascender... y nunca bajar.

11 mar. 2013

¿Acaso ves alguna luz?

Nadie es capaz de ver la luz. El oido ya esta harto de escuchar que existe una felicidad inalcanzable. La boca ya no quiere murmurar automáticamente cosas que sabe que nunca van a ser verdad. El ojo mira vacilante algo que en realidad nunca estuvo ni tampoco estará ahí. La nariz huele aromas que se fueron y que ya son parte de un recuerdo mordaz. La mano palpa en busca del final del hilo, pero el hilo pareciera no terminar jamás.

Odio saber que es así, y si lo sé ¿por qué sigo perdiendo el tiempo? Quiero saber porque me siento de este modo, cuando sé que puedo sentirme bien. Nadie es capaz de entenderlo, pero parece que me empiezo a entender a mí. Tengo todo lo que necesito para ser feliz, pero no parece que funcione de ese modo.

Miro el espejo y veo lo que no quiero ver. Le doy la espalda a lo que hay ahí, pero no hay manera de hacerlo desaparecer. La llave que tengo abre una puerta, sí, pero no es por ahí por donde quiero seguir.

Olvidar parece simple, pero mientras tanto el monstruo toca, el monstruo mira, el monstruo huele, el monstruo oye, el monstruo habla. Crece, ruge y destroza. Ríe y es miserable, porque es un monstruo. Si todo está perdido, ¿por qué sigo perdiendo el tiempo? Estoy cansado de las cosas que alguna vez me hicieron feliz, me asusta lo que ya no puede lastimarme, extraño lo que otrora me dañó... pero todo va a estar bien, siempre y cuando alguien me diga que todo va a estar bien, aunque al mismo tiempo temo que no haya nadie esperándome.

¿Resulta que hay alguna luz?

¿Es que existe alguna luz?