11 feb. 2013

Mi nombre es carnaval.


            Mientras el sol se ponía en el horizonte cubriendo todo de un rojo opaco poco cotidiano yo caminaba, hastiada, entre el gentío que marchaba prorrumpiendo en  risas y gritos de alegría, cantando y bailando. Ese caluroso día de verano, en pleno febrero, toda la gente de la ciudad se movilizaba al son de la festiva música sin detenerse mucho tiempo en el mismo lugar, formando parte de ese océano multicolor salpicado de globos, serpentinas y papeles que era la calle. Un día al año, todos parecían olvidarse de sus problemas y dejarse llevar por el ritmo de los bombos, sumidos en risas despreocupadas.
            Yo no me incluía en ese “todos”. Por más que la alegría que reinaba se contagiase con una rapidez y una eficacia increíble, yo era inmune a ella. Miraba con enojo a esa multitud que no tenía nada mejor que hacer que salir a causar alboroto y ensuciar las calles. Mi vida no era precisamente de ensueño por aquellos días, con solo veintiún años, una hija de tres (cuyo padre solo Dios sabía donde estaba) y un trabajo de ocho horas diarias que apenas si me permitía mantenerme a flote; no podía darme el gusto de, como esa gentuza, relegar mis problemas a un segundo plano, dejarlos en un rincón alejado, frío y polvoriento de mi cabeza y simplemente disfrutar de la música y la felicidad. Hacía años que no participaba de esos festejos, y no estaba en mis planes hacerlo ese día. Tampoco estaba en mis planes conocerlo a él.
            Lo vi casi instantáneamente: era imposible no fijarse en esos ojos como dos zafiros relampagueantes que me seguían atentamente, como riéndose junto al gentío, ocultos tras un bello antifaz dorado. La máscara parecía estar hecha a mano, adornada con lentejuelas negras, cuentas de colores, purpurina roja y largas plumas plateadas. El hombre no podía tener más de treinta años, con su cabello corto y tan negro como la obsidiana sobresaliendo como picos por los costados de la careta, devorándose los elásticos. Sus manos estaban levantadas hacia el cielo, como intentando invocar una lluvia arrasadora que apaciguara esa locura multicolor. Entonces presté atención a esos labios finos y delgados, y conseguí descifrar una única palabra que se repetía de manera constante en su gesticulación sonriente: “Atrapame”. Acto seguido, desapareció, como engullido por la multitud.
            No sé por qué, pero reí como una niña, tras muchos años de no hacerlo. Ahora que lo pienso, probablemente era él quien obligaba también a esa inmensurable masa humana a ser feliz. Yo acababa de salir del hospital donde trabajaba como secretaria, agotada tras un arduo día laboral y con el único objetivo de llegar a mi casa a dormitar hasta que se hiciera la hora de la cena, cuando esa ola abrasadora de felicidad me llevó por delante. Sentí como si una fuerte ráfaga de aire caliente impactara contra mi cuerpo, entrando por todos mis poros, invadiendo cada milímetro de mi ser. Fue como, si por un instante, respirase alegría en estado puro en lugar de oxígeno. Una sonrisa inconsciente se dibujó en mi rostro, que se ensancho cada vez más mientras me internaba en la multitud, en pos de aquel misterioso individuo que me había cautivado como un titiritero a un grupo de niños de preescolar.
            Corrí sin cesar arrastrada por cuerdas invisibles, buscando entre la gente al hombre del antifaz dorado. Las parejas risueñas me empujaban con simpatía, manejándome ese mar de gente como a una muñeca de trapo, sabiendo yo sin embargo a qué lugar exacto debía dirigirme. Los globos de colores no lograban distraerme, y la hipnótica música del flautín solo aceleraba mi marcha. Corrí y salté de vereda en vereda, hasta que llegó un punto en que tuve que detenerme, pues mis pies parecían latir de desesperación dentro de los zapatos de taco aguja. Me incliné para quitármelos, sin parar de reírme, y una vez que me hube incorporado, me di cuenta de que era plena noche. Ya no quedaba rastro de la murga interminable en la que había estado inmersa hasta hacía unos minutos. Lo único que quedaba ahora era un largo pasillo de papeles rotos y globos desinflados, tendidos en la calle como un viejo arcoíris, sucio y opaco. Me quedé un minuto pasmada, intentando comprender lo que había pasado, cuando de imprevisto, el muchacho apareció frente a mí. Seguía con el antifaz sobre su rostro, la mueca enigmática grabada a fuego en sus labios y los ojos azules riéndose de mí. Se acerco con rapidez y, antes de que pudiese reaccionar, me dio un fugaz beso sobre los labios.
            Me quedé dura, sin saber qué hacer o cómo reaccionar. Algo parecía bullir incontrolablemente dentro de mí. En ese entonces, en plena juventud, yo era una mujer madura, cargada de responsabilidades que no correspondían a mi edad; era una anciana en el cuerpo de una joven. Cuando me besó, liberó mi alma; mis ojos dejaron de ser fríos y calculadores, estrictos, altivos; volvieron a mirar al mundo con esa inocencia y expectativa propia de la juventud, a ser unos ojos inexpertos en un mundo demasiado ajetreado.
            Reí otra vez, notando lo absurdo que había sido mi comportamiento últimamente, poniéndome unos zapatos que me quedaban demasiado grandes. El muchacho me miró con esa sonrisa pícara, y acto seguido se volteó y empezó a correr calle abajo.  
            — ¡Esperá! ¡No te vayas! –vociferé tan fuerte como pude. Me puse de puntillas, como intentando sobresalir  en una multitud ahora inexistente-. ¿Cuál es tu nombre?
            — ¿Mi nombre? –inquirió él a la distancia, con una voz suave pero firme, risueña pero seria-. ¡Esa pregunta es muy obvia! ¡Mi nombre es Carnaval!
            Acto seguido, dejando a su paso una estela de risas, se perdió entre las sombras.

            Los días pasaron. El otoño sucedió al verano, el invierno al otoño y la primavera al invierno. El verano volvió sin que me diera cuenta, y una semana antes del comienzo del carnaval, empecé a hacer una réplica del antifaz dorado que portaba aquel joven. Traté de imitarlo a la perfección según me indicaba el recuerdo grabado a fuego que tenía de él, pero por más cuidado que tuve, no logré una copia tan hermosa como la original. Asistí al carnaval de ese año, buscándolo, preguntándole a la gente por un hombre con un antifaz similar al mío. No tuve éxito, pero mis esperanzas no menguaron. Al año siguiente, volví a hacer el antifaz dorado, intentando hacerlo más parecido aún. Tampoco quedó perfecto, ni conseguí dar con él esa vez. Seguí el mismo procedimiento cada verano, con los mismos fútiles resultados. Cuando llegó el día en que mis articulaciones ya no me permitieron ir a los desfiles, fue mi nieta quien recibió como herencia la construcción del antifaz y la búsqueda del individuo que se había autodenominado Carnaval. La fabricación y la persecución se volvieron una tradición incuestionable en mis descendientes,  un mito que perdió sentido con el correr del tiempo.
            A veces, cuando no puedo dormir durante el verano y los recuerdos añejos vuelven perezosos a mi mente, me pregunto si Carnaval no habrá sido una alucinación mía, producto del cansancio de una jornada agotadora de trabajo y una vida demasiado difícil para alguien tan joven. Es entonces cuando recuerdo esos ojos de zafiro; y puedo asegurar que esa presencia, humana o no, fue real. Tal vez se trataba de un hombre cualquiera, que vio la oportunidad de divertirse a costa de una joven distraída y desilusionada de la vida. Yo prefiero pensar que fue el carnaval que, tomando esa forma, decidió recordarme que siempre hay una buena razón para sonreír.