4 jun 2012

Colores.

-George, tengo algo que decirte.

Dot se acarició el vientre prominente dos veces, luego se detuvo y a continuación otras tres caricias mas. George no despegó la vista de su pintura mientras su mano iba y venía del lienzo a la paleta, deteniéndose el tiempo justo en el vaso con agua y la toalla arcoiris a su lado para lavar los restos de pintura del pincel: primero el naranja, despues el azul. Dos toques de rojo. Uno de negro. Seis d amarillo. Rojo. Negro. Blanco. Azul. Verde. Más rojo.

-Que sea rápido, o se va a ir la luz -murmuró George, haciendo lineas rectas primero y luego ondulantes lomas verdes. Los rayos débiles de la tarde invernal entraban por la ventana, transformándolo todo en un ambiente cargado de romanticismo. Un romanticismo volátil y que se esfumaba con cada segundo que transcurría.

-Me voy a ir. A América. Después de que el bebé nazca.

El pincel empapado de tinta púrpura se detuvo en el aire, a medio camino de terminar de rellenar el vestido de una dama. George mantuvo la vista en el lienzo unos instantes, y luego se volteó.


-¿A América? -cualquier rastro de templanza en su rostro se borró en un instante, a la vez que volvía a mirar su pintura- No durarías un minuto ahí, Dot.

-¿Cómo lo sabes?


-Leí cosas sobre América -la mano de George amenazó recoger un poco más de pintura azul petróleo para dar el toque final al sombreado del lago de su parque, pero no lo hizo. En lugar de ello, volvió a mirar a Dot con una sonrisa triste-. ¿Por qué me dices esto? Primero me pides una pintura que no te pertenece, y ahora me dices esto... Si me disculpas, tengo trabajo que hacer.


Gris. Blanco. Celeste. Violeta. Marrón. La pintura iba y venía y el tiempo se iba y no volvía mientras el rostro de piedra de George analizaba cada movimiento. Una lágrima discreta rodó por el rostro empolvado de Dot, marcando un surco húmedo a su paso.

-Si, George... corre a trabajar. Escóndete detrás de tus pinturas. Vine a contarte que me voy porque pensé que te importaría saberlo... tonta de mí, porque no te importa nada.

Rosa. Beige. Morado. Las voces subieron, teñidas por el enojo, la frustración, la tristeza y vaya a saber uno qué otros sentimientos. Los gritos se entrecruzaron como balas en el pequeño estudio, estallando en ambos corazones, haciendo añicos momentos y recuerdos, sentimientos y pasiones.

-Me importan muchas cosas, Dot.

Tan verde como el césped sano de un parque, cargado de cosas nunca reveladas a lo mundano, pisoteado por los ignorantes de esas maravillas.

-Sí, cosas... No gente.

Castaño, como el árbol, como el tronco, como la tierra. Llena de desentendimiento, de preguntas, de contención. 

-Gente también. No puedo dividir mis sentimientos tan bien como vos, y no me escondo detrás de mi lienzo, vivo... 

Salmón, igual que la carne del pez, suave y herida, tierna y segura, anhelante.

-¡...si lo único que te importa eres tú mismo!

Plateado. Metálico e impenetrable, frío.

-...vivo en él. ¡Me importa esta pintura y tú...!

Violeta, concluso y abnegado, ponzoñoso, sibilante.

-¡Soy algo que puedes usar!

Rojo del sol llameante, cargado de fuego y calor, explosivo, intenso, abrasador.

-...tú estarás en ella. ¡Pensé que habías entendido!

Gris igual que el cielo cerrado por las nubes, esperando la tormenta, un estallido letal.

-¡Es porque entendí que me voy, que me estoy yendo!

Azul como el océano profundo y letal, del que ya no hay retorno.

-Entonces no hay nada más que decir, ¿¡no es así!?

Fucsia cargado de locura e impotencia, de desesperanza y resignación.

-¡Sí, George, sí hay! ¡Puedes decirme que no me vaya! 

Borgoña, y el pincel cayó. Cayó directo al piso, dejando un rastro de pintura color vino en él como si de sangre se tratara. El repiqueteo de la madera con la madera fue lo único que se escuchó por unos segundos que parecieron horas. Luego la respiración entrecortada de Dot, acompañada por las lágrimas.

-...dímelo. Dime que no me vaya, dime que estás herido, que estás aliviado, que estas aburrido... lo que sea, pero no asumas que lo sé. ¡Dime lo que sientes!

-¿Lo que siento...? -George se inclinó para recoger el pincel perdido, aprovechando esos instantes para secarse el rostro-. Sabes exactamente cómo me siento. ¿Por qué insistes en que tienes que oír las palabras cuando sabes que no te las puedo dar? No las que tú necesitas. No hay nada más que decir, porque no puedo ser lo que quieres.

Celeste, celeste como la fusión entre el silencio y la tristeza.

-¿Que quieres tú, George?

-A tí, te quería a tí, pero te fuiste. Y no volverás.

-No había lugar para mi entonces y no lo habrá ahora, te pedí que escucharas y...

-No vas a aceptar quién soy. Soy lo que hago, y ya lo sabías, tú siempre lo supiste, siempre supiste que soy lo que hago y de lo que yo pensé que eras parte. Pero no lo eres.

-No... 

George dio la pincelada final a la escena en el parque en la que trabajó por meses. Una sola pincelada que concluyó muchas cosas. Intentó tomar la mano de Dot, pero ella la retiro, tomando también el pincel y empapándolo de color de la brea.

-Tú estás completo, George.

Una pincelada a lo largo, atravesándolo de esquina a esquina. Negro.

-Tú eres tú. Yo soy yo.

Otra pincelada, esta vez a lo ancho, escindiendo patos, personas y árboles. Más negro.

-No encajamos juntos, porque tú estás completo, George, te completas tú solo, y yo estoy de más. 

Agujeros de nada, devorándolo todo. Negro.

-Yo estoy inacabada, disminuida, con o sin ti.

Una marea en constante crecimiento, lamiendo el césped, secándolo, volviéndolo oscuro. Negro.

-No encajamos juntos aunque deberíamos haber encajado alguna vez. 

Una esquina celeste de cielo, sobreviviendo, implorando clemencia. Sólo eso, el resto todo negro.

-Lo que hace que todo esté bien es justamente lo que hace que todo esté mal. 

Negro, negro y negro.

-Nadie es tú, George, pero nadie es yo tampoco. 

Negro. Solo negro. El negro silencioso, el blanco apabullante, el rojo destrozado, el azul desconsolado. El último golpe contra la tela asesinó al pincel, quebrándolo del mismo modo en que se había quebrado la voz de Dot al empezar a pintar. Una paleta lamentándose y un artista desapareciendo, como su pintura, como su mujer, como su hijo nonato, como su familia, como su vida toda. Negro solitario.

-...Y como nadie es tú y nadie soy yo, como no encajamos, George, me iré.

Blanco. Amarillo. Los últimos rayos de la tarde atraviesan el cuarto. Un fuerte golpe de la puerta marrón, un suave taconeo furioso anaranjado, y entonces, negro. Sólo negro.

12 abr 2012

¿Más todavía?

El timbre me saca del ensimismamiento en el que me vi sumergido por quién sabe cuánto tiempo. Esa es una de  las cosas malas de los sueños: uno nunca está seguro de cuanto tiempo transcurre entre acción y acción, cada segundo que dejamos pasar se vuelve todo más difuminado y frágil.
El timbre suena, entonces, con breves pausas pero insistente. Despego la vista de la computadora y escucho las risas no tan lejanas de mis hermanas en el comedor. Siempre la misma historia: que no voy a atender el teléfono porque me duele la garganta, que no voy a abrir la puerta porque estoy descalzo, que no voy a comprar a la esquina porque yo fui ayer y hoy te toca a vos, y que esto, y que lo otro, y que lo aquello. Enfurruñado, me levanto y en tres grandes, marcadas y fuertes zancadas llego al umbral que separa la cocina del comedor.
-¿¡No escuchan el timbre?! Puede abrir alguien, ¿no?
Las veo a las cuatro, a Sol, a Lara, a Flor y a Caro en el sillón. El timbre sigue sonando. Para mi sorpresa en la vida real y para mi no sorpresa dentro del sueño, mi mamá se encuentra entre ellas, pero no mi sobrina; claro, hace tres años ella todavía no estaba. No estaba... es increíble, pero uno se acostumbra tan rápido a la nuevas personas que al mirar en retrospectiva parece mentira que antes no formaran parte de nuestro día a día.
Las cinco se retuercen de la risa y se tapan la boca para que ni un sonidito se salga de ellas. Me hacen señas enloquecidas con las manos y me piden que me calle, y entonces caigo en la cuenta de que el recinto se encuentra en semi-penumbras, con las persianas y cortinas casi bajas, bloqueando los pocos rayos de sol que vienen de afuera. Y el timbre no deja de sonar.
No vuelvo a hablar, pero ignoro sus señas eufóricas. Me acerco a la puerta de entrada, luego a la mirilla, y... afuera lo veo, de pie, tan frágil y amable como siempre, pero esta vez visiblemente compungido, con el cejo levemente fruncido. Tiene el dedo sobre el timbre.
-¡Es el abú! -murmuro con voz baja pero fuerte y audible, en dirección a las cinco mujeres-. ¿Por qué no le abren, son tontas? Estoy en pijama, ¡abranle!
Sin embargo, las risas salen a borbotones enmudecidas por sus dedos, impidiendoles hablar. No veo la gracia del juego, pero aunque no voy a saberlo hasta más tarde, es un sueño. Decido entonces vestirme y abrir yo mismo. Vuelvo a la cocina y, como si todo hubiese estado fríamente calculado desde antes, sobre la mesa aguarda mi ropa.
El timbre suena. Suena y resuena con intervalos de silencio que habla. Suena imperioso, suena suplicante, suena reclamando, suena triste, suena enojado y suena jocoso. Suena mientras estiro una remera sobre mi abdomen y ajusto mi cinturón, un cinturón que a pesar de no ser el del auto, de manera extraña y sin razón me remite a cierta seguridad y confianza. Me pongo las zapatillas, las viejas, a pesar de que ese día me compré unas nuevas y en el sueño lo sé, y me las ato con celeridad.
Oigo gritos afuera, pero no son gritos normales: son una especie de chillidos y alaridos de ultratumba, agudos y chirriantes. En vez de molestarme, me preocupan. Está pasando algo, algo malo, algo malo le pasa a mi abuelo, a mi abú, algo malo y que no voy a poder evitar, esté vestido o en pijama, lleve mis zapatillas nuevas o las viejas, ríanse mis hermanas o no. Me dejo los cordones de la zapatilla derecha a medio atar, porque como soy zurdo siempre empiezo por la izquierda. Me incorporo y salgo a la carrera, cubriendo en dos zancadas la distancia que antes recorrí en tres, soltando pequeños jadeos sollozantes y con las lagrimas peleando por ver quien es la primera en caer por mis mejillas. Agarro mis llaves al vuelo, pongo mi llave en la puerta y con las risas, el timbre y los gritos de fondo abro como puedo. Salgo al exterior y él no está donde estaba, se esfumo, se fue, ya no está, pero los alaridos horrendos todavía resuenan. Queda la puerta de afuera, la reja que protege el cuidado jardín de adelante de mi mamá y sé, no sé como pero lo sé, que si me apuro, tal vez, tan solo tal vez...
Pongo la llave en la cerradura de la puerta exterior, la giro... y no abre, no da vuelta, no se mueve por mas que intente. Lo recuerdo entonces: hace semanas que la cerradura anda mal y solo la llave de mi mamá la abre. Entro y las veo riéndose aún en el sillón, transformadas ahora en arpías infernales, retorcidas y con los ojos negros, y eso no hace más que aumentar mi impotencia y que las lágrimas de mis ojos aumenten más de tamaño. Rebusco en el llavero de madera hasta encontrar las indicadas, y tras un breve forcejeo, logro abrir la reja. Salgo respirando agitada y entrecortadamente y me paro en el cordón, a centímetros del asfalto. Ya no está.
Pero es un sueño, por supuesto; cuando me giro ahí está él, sano y salvo, y el timbre, los gritos y las risas desaparecen envueltas por un silencio tranquilizador. Él me saluda, sonriendo, como si nada hubiera pasado. El cielo cerúleo se tiñó quién sabe cuando de violeta y el ocaso llenó el aire con su característico aroma. Lo abrazo temblando y me despido de él.
-Nos vemos, abú. Cuidate mucho.
Sonríe con esa sonrisa que dan ganas de abrazarlo, me mira con los ojos brillosos tras sus gruesos anteojos y responde lo mismo que siempre a esa consigna, dos palabras que no voy a olvidar mientras viva, esté despierto o dormido.
-¿Más todavía?

--------------------------

Ese es un resumen de lo que recuerdo de mi sueño de hoy, 12 de abril del 2012. Me desperté a las 8, agitado, pensando que me había quedado dormido y había faltado a la facultad, pero no: todavía faltaban mas de cuatro horas para eso. Un poco más tranquilo, volví a apoyar la cabeza en la almohada y me dí cuenta de que como pocas veces me pasa, me acordaba de mi sueño de esa noche. Lo atesoré con añoranza, pero sin darle mayor importancia. Me dormí otra vez, me volví a despertar, me fui a cursar y volví a la noche a casa. No fue hasta entonces que mi mamá me dijo que hoy, 12 de abril del 2012, se cumplen tres años desde el fallecimiento de Julio Diego Tevez, mi abuelo, mi abú. Se me había olvidado por completo que hace tres años, siendo el 12 de abril del 2009 un domingo de Pascua, una Pascua sin resurrección, sin huevos ni chocolates, una Pascua que reunió a una familia pero de un modo distinto, había cerrado los ojos para siempre ese hombre. Un hombre con quien, tal vez debido a mi edad, tal vez debido a su edad, tal vez debido a nuestras formas de ser, nunca establecí un vínculo tan estrecho como el que poseo con mi nona, mi abuela, pero al que sin embargo quise y quiero muchísimo y a quien añoro constantemente. Tal vez extraño sus anteojos, su figura frágil pero a la vez fuerte, su voz suave y conciliante, la lucidez que mantuvo siempre, la simpatía que expresaba constantemente, la paz que transmitía verlo domingo a domingo sentado en la cabecera de la mesa de la cocina leyendo el diario del domingo, humedeciendose los dedos cada tanto para pasar con lentitud las páginas, sentado en el mismo lugar y en la misma silla donde empieza mi sueño, solo que en mi sueño no es él el que está sentado ahí, sino que soy yo, y no tengo en mis manos un diario, sino una netbook... un traspaso generacional.

No puedo creer que un día como hoy, hace tres años, dejaba de jugar abruptamente al Tibia en medio de una quest, algo impensado por mi en ese entonces dando a mi personaje y a mis compañeros una muerte segura y la pérdida de varios niveles y objetos que me habían costado días conseguir, para bajar la escalera corriendo y escuchar una noticia que había supuesto desde hacía ya rato pero que no quería asimilar. No puedo creer que un día como hoy, hace tres años, me paseaba por mi casa viendo a mis familiares consolándose mutuamente para quedarme llorando solo en el lavadero, viendo a mi perro en el patio, tan ajeno a nuestro pesar. No puedo creer que ya pasaron 1095 días desde ese día que cambió tanto en mi, desde ese día que al limpiar entre sus pertenencias encontramos una copia del primer cuento que escribi "en serio" en mi vida, hace ya seis años, para navidad. Un cuento impreso en papel de colores, de mala calidad, con una historia bastante infantil y mal escrita que invitaba a la reflexion en esos días sagrados, y que él elogió ese día y guardó tantos años. Un cuento que ahora guardo yo, como promesa para mi y para él de que voy a seguir haciendo esto, vomitando palabras compulsivamente, hasta el día en que deje de llenarme y hacerme sentir realizado y feliz.

Gracias por lo que parece tan poco pero que significa tanto para mí, abú.

La pesca de hoy en el lago, definitivamente fue una buena pesca. Con sabor a lágrimas, pero buena como ninguna.

10 abr 2012

Momentos y recuerdos.

Una vez me preguntaste, sin razón aparente, si de tener la oportunidad cambiaría algo de aquel día, aquel momento, ahora tan lejano, en que nuestro lazo se cortó. Te respondí que no: las decisiones que tomé alguna vez me hicieron quien soy hoy, y no estoy dispuesto a perder lo construido desde entonces solo para ver otra realidad. Esos momentos se atesoran como recuerdos, únicos y valiosos cada uno a su modo.

Sin embargo... ya pasaron meses, y la herida no cicatrizó. En un rincón recóndito de mi cabeza, no puedo dejar de pensar en el abanico de opciones que tuve ese día, ese día en el que me decanté por lo seguro y lo conocido. Pensé que no terminaría tan fácil, tan abruptamente. ¿Cómo sería la vida si en vez de tener que elegir, pudiesemos probar y elegir lo que más nos convenga o guste?

No. Si la vida fuese así, los momentos no se destacarían. No aprenderíamos, no sufriríamos, no seríamos felices. Ambos coincidíamos siempre en eso, en la consecutividad de los días, días hechos de momentos que merecían ser explorados: toda clase de momentos, especiales por si mismos, ninguno digno de ser ignorado... y mira ahora, tan solo tenemos momentos, recuerdos para almacenar.

Pero eso no está bien. ¿O si?

Fuiste un momento, un peculiar momento pasajero, ni más ni menos. Siempre es y será un "o", nunca un "y". Y si la vida está hecha de momentos, hay que ser capaces de transformarlos en recuerdos. Dejar que los momentos fluyan, aunque sin olvidarnos nunca: siempre recordando que tuvimos un "y" cuando volvés al "o", eso hace que el "o" valga más de lo que valía antes.

Ahora lo entiendo bien, y es hora de dejar de recordar para poder vivir otro momento.

24 mar 2012

Nostalgia de otoño.

Ataviada con su delicado tocado de pétalos y con su despampanante juventud, miraba las nubes grises del mediodía invadida por una profunda melancolía. Llevaba más de tres días sin verlo, y eso para ella era demasiado. Como no apareciese pronto, la angustia la consumiría por completo.
Le resulta imposible recordar con precisión cuándo lo vio por vez primera: había estado allí desde que tenía memoria, cuidándola como un padre... o más bien, como un compañero. Cada mañana la despertaba con su cálida sonrisa, acariciando su rostro con su delicada suavidad habitual. Nunca le hablaba, pero tampoco es que ella lo necesitara; su presencia era suficiente.
-Me quiere... -murmura distraída mientras los recuerdos afloran en su mente, arrancando uno de los pétalos que adornan su corona y soltándolo, dejándolo a merced de la brisa.
De pronto recuerda las noches en soledad. Cada día, al atardecer, se iba con unos suaves besos tibios a modo de despedida, caminando lentamente en dirección al horizonte, sin dejar de mirarla fijamente, como estudiando su reacción. Su silencio, otrora encantador, se volvía un poco más desesperante al final de cada día.
-No me quiere... -otro pétalo blanco cae danzando al piso.
Una vez trató de seguirlo, pero por más que se esforzara en alcanzarlo, nunca llegaba a estar ni tan siquiera cerca de él. Parecía reírse de ella con tristeza mientras ella transpiraba y gritaba diferentes nombres, intentando dar con el que le pertenecía. Ni siquiera sabía su nombre, después de tanto tiempo... Cansada, al final siempre se rendía y se tiraba a llorar en el césped, invadida por la frustración.
-Me quiere...
Antes de que pudiera percatarse siquiera de que se había quedado dormida, él ya había vuelto para iluminar su vida y secar su húmedo rostro. Su abrazo la despertaba con cariño, dándole sentido al amanecer. Cada mañana con él era una mañana distinta, luminosa, brillante.
-No me quiere...
Sin embargo, había días en los que él nunca llegaba. Había días en los que ella se despertaba con el rostro empapado y sus ojos solo veían gris por doquier. Esos días eran insoportables, la desazón la llenaba y lágrimas que no salían de sus ojos empapaban todo su cuerpo.
-Me quiere...
Pero al final siempre reaparecía, uno o dos días más tarde, bañado de luz, ansioso por tranquilizar sus temblores y aliviar su pena. Siempre volvía sonriente, con los brazos abiertos de par en par y cargado de amor para ella y solo para ella. Siempre llegaba, siempre llegaba, siempre...
-No me quiere...
...hasta ahora. Nunca había estado ausente por tanto tiempo, nunca había desaparecido de una manera tan rotunda, nunca la había privado de su inmensidad y de su baño de oro sanador. Pero ahora... la había dejado para siempre, estaba segura, porque algo dentro de ella le indicada que su final era inminente y que ya no lo volvería a ver, ni siquiera para despedirse. Sentía sus fuerzas flaqueando, sus piernas débiles, su mente adormecida, sus ojos cerrados.
-Me quiere...
Repentinamente, le pareció verlo a lo lejos, por una milésima de segundo, acompañado de un suave viento frío. Abrió los ojos, nuevamente llena de ilusión, pero no había nada más que nubes en el horizonte. No había sido más que un juego de su imaginación. Con desgano y sintiendo que las últimas fuerzas la abandonaban, arrancó otro pétalo y entrecerró los ojos, volviéndolos dos rendijas vigilantes por las cuales esperaba el milagro.
-...no me quiere.
El último pétalo de su cabeza voló lejos, colina abajo, atrapado por una leve brisa. La misma brisa que despejó el cielo y se llevó las nubes. La misma brisa que le asestó el golpe final a Margarita. La misma brisa que dejó al descubierto, por última vez ante su vista, a su amado. Sin embargo, no tuvo siquiera que abrir completamente los ojos para notar que él ya no era el mismo: no brillaba de la manera que solía hacerlo, no daba calor, no transmitía los sentimientos de antaño. No era más suyo. Estaba tan muerto como ella.

Al fin y al cabo, a él, el Sol de otoño, no le importan nuestros problemas.

15 mar 2012

Rumour has it.

Lo asesinaron. Se suicidó. Un accidente doméstico. Muerte natural. Tenía SIDA. Cáncer. Lupus. Sífilis. Alergia al polen. Intolerancia a la lactosa. Tenía seis balas en la cabeza. Tres. Ocho. Cuatro. Cortes en las muñecas, en las piernas y en la garganta. Cianuro en el estómago y arsénico en la sangre. Signos de asfixia, ahogamiento y agua en los pulmones. Los dedos quebrados, un hombro dislocado y los huesos de las piernas astillados. Toda la sangre que no tenía en el cuerpo estaba llenando la bañera. Se encontró una soga colgando de la viga. Una pistola. Un cuchillo. Un rifle. Un frasco de pastillas. Una bolsa de plástico. Una aguja. Una hoja de afeitar. Una tijera. Había una carta de despedida, una confesión de asesinato, una explicación. Un pedido de ayuda. Había seis sospechoso, nueve culpable, cuatro testigos, dos policías implicados. Llevaba dos horas muerto. Tres dias. Veinte minutos. Seis semanas. Cuatro meses. Toda la vida.

Un hecho. Seiscientas versiones. Una realidad. Millones de opiniones.

Porque estar conectados es bueno... ¿no?