7 jun. 2013

Llave de lluvia.

Amor que no fue:

Extraño tus zafiros. Extraño tus perlas, tu trigo, tu manzana. Extraño tu música, tu luz, tu textura, tus colores. Extraño todo esto. ¿Extrañas vos mis carbones, mis lápidas, mi arbusto, mi desierto? ¿Mi lluvia, mi cactus, mi luna? ¿Te acordás todavía de mi, de vos, de nosotros? ¿Forma acaso parte de tus recuerdos esa tarde de verano en la que no hicimos nada más que mirar las olas rompiendo contra las rocas, sin emitir una sola palabra por algún disgusto tonto, hasta que horas más tarde nos miramos y quebramos en risa y llanto al tiempo que nos fundíamos en un abrazo eterno? ¿Guardás todavía esa pluma roja tan curiosa que encontramos entre los edificios? ¿Te acordás de cómo visitamos a decenas de veterinarios, biólogos e incluso a algún que otro ornitólogo, pero ninguno supo decirnos con exactitud a qué pájaro pertenecía, alimentando así nuestra imaginación y permitiéndonos inventar las historias más bellas jamás contadas? ¿Escuchás de vez en cuando, así, tal vez, a la pasada, la canción que siempre te cantaba cuando nos juntábamos en mi casa a dormitar bajo los rayos del sol de la tarde, esa canción que hablaba de tantos para siempres? ¿Te acordás todavía de mi, de vos, de nosotros?

Perdón por tantas preguntas, pero es tan solo una milésima parte de todas las que tengo guardadas para decirte y que la distancia, esa distancia absurda e inexistente, me impide hacerlo. Cuando me senté ayer en el asiento junto a la ventana del colectivo, de camino a la facultad, no pude evitar mirar en el hueco que queda entre el cristal y el marco. Ahí, como de costumbre, había un boleto doblado varias veces sobre si mismo: es algo que constantemente ocurre, la gente dobla su boleto y lo guarda ahí, como si formara parte de un ritual. Lo tome y, te vas a reir por esto, lo abrí con los dedos temblorosos ante la posibilidad de que contuviese uno de tus mensajes. ¿Te acordás de eso? Era nuestra tradición de cada viaje: una vez nos sentábamos, escribíamos algo en la parte trasera del rectángulo de papel que la máquina del colectivo nos devolvía. Generalmente eran palabras inconexas, aunque a veces poníamos fragmentos de la canción que sonara en los auriculares en ese momento o un verso del poema que veíamos esa semana en clase de literatura. Abrí, entonces, ese papel que era más plástico que papel, y casi se me cae de las manos por la sorpresa: estaba escrito. Se me desenfocó la vista por un momento, y cuando volví a mirar la sorpresa fue reemplazada por indignación: había allí anotado un nombre, como es la moda ahora: las adolescentes desesperadas por atención escriben en todos lados (paredes, billetes, diarios y revistas) el apodo que usan en las redes sociales del momento, a la espera que su príncipe azul lo encuentre, las agregue y sean así felices para siempre. Rompí, sin más, el papel en mil pedacitos: lo lamenté en el alma por Lucía Bell, porque si yo era su príncipe entonces me esperaría por toda a eternidad. No podía creerlo, no podía contener mi ira. No tenían derecho a escribir en los boletos, nadie, ¿quién se creían? Ese era nuestro secreto, solo nuestro: tuyo y mío, sin miramientos a un tercer, cuarto o milésimo miembro. Me sentía ultrajado, engañado, como si alguien hubiese violado nuestra propiedad, y no fue hasta que una mujer mayor me puso la mano en el hombro mirándome con preocupación y diciendo unas palabras que ignoré que me di cuenta que las lágrimas hirvientes caían cuesta abajo por mis mejillas, dejando un rastro abrasador por donde pasaban. Todos los pasajeros me estaban mirando: no descarto la posibilidad de que haya dejado salir un grito furioso al ver ese estúpido nombre de esa tonta adolescente en el boleto. Lo próximo que recuerdo es haberme bajado ahí, en el medio de la nada, con la vista nublada y el alma con precipitaciones. Me senté en la vereda y miré el cielo hasta que el azul se tiñó de rosado y mi firmamento interior se estabilizó, cesó la lluvia y un frío sol otoñal asomó. Caminé las veinte, treinta o miles de cuadras que me separaban de la universidad pensando en, claro está, tu persona. Todo lo que en la realidad aconteció durante esa caminata me fue ajeno hasta que, como un imán, la casa abandonada atrajo mi atención. Era esa casa, sí, la que cada día veíamos con atención de camino a la facultad. Toda desvencijada, venida a menos, poco querida, sola, solita; pero lo que más nos llamaba la atención era la llave, esa llave un poco oxidada que alguien (como para unirnos un poquito más) había atado con alambre en torno a un árbol viejo, podrido y muerto. Siempre tuve esa pulsante necesidad de agarrarla cuando nadie me mire y probar si abría la gran puerta de roble de la casa abandonada, o si era de su ventana de metal con cerradura, o del negocio aledaño con la cortina metálica eternamente baja, o si acaso se deshacía en mis dedos por lo vieja y el agua de lluvia que la había cubierto; sin embargo nunca lo hice. Vos me alentabas a que la tome, pero no lo hice. Era demasiado noble entonces como para tomar algo que no me pertenecía. Ahí colgó la llave, pues, por años, tal vez por siglos, hasta ayer: ayer pasé y vi con desasosiego que ya no estaba más. Creo que fue eso lo que me impulsó a escribirte, a escribirme, a escribirnos; nuestra llave no está, no sé adónde fue y probablemente nunca sepamos si abría en verdad la puerta de esa casa, de esa ventana o de esa cortina. Tal vez no. Tal vez no abría nada. Tal vez abría todo, hasta tu corazón oxidado por la lluvia que derramé sobre él. Eso es lo curioso de las llaves, ¿no te parece? Que abren un abanico de posibilidades.

Espero que, por lo menos, esté en buenas manos ahora. Que quien la tenga o vaya a tener sepa valorarla, la trate con cariño y de giros en esa cerradura tan sólida pero frágil con extremo cuidado. Que no tema usarla, como yo en su momento, y la aproveche antes de que desaparezca para siempre en un chaparrón de verano.

"Nunca lo olvides", me dijiste una vez, "toda lluvia, por destructiva y fría que sea, cae en suelo fértil, hace crecer las semillas y es el inicio de nuevas cosas. No te atrevas a verla como un simple llanto". No lo olvido. No te olvido. No me olvidaré.